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Poemas

Un catálogo de piezas inmortales

Jaime Saenz

"La piedra imán"

Soy la piedra imán que atrae las miradas, El centro quieto de un círculo que gira. Soy el punto fijo en medio del movimiento, La quietud que atrae todo lo que se mueve. Soy la piedra imán que atrae los pensamientos, La idea fija en medio de las ideas vagas. Soy la certeza en medio de las dudas, La verdad que atrae todas las mentiras. Soy la piedra imán que atrae los recuerdos, El pasado vivo en medio del presente. Soy la memoria en medio del olvido, El recuerdo que atrae todo lo olvidado. Soy la piedra imán que atrae los sueños, La vigilia en medio del dormir. Soy la realidad en medio de la fantasía, Lo concreto que atrae todo lo imaginado. Soy la piedra imán que atrae la muerte, La vida intensa en medio de la vida. Soy el instante en medio de la eternidad, El ahora que atrae todo lo que será.

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Andrés Eloy Blanco

"La renuncia"

Renuncio a ser lo que no he sido, a ser lo mismo y ser otro, a ir por el mismo camino que me lleva a ningún sitio. Renuncio a la falsa gloria, a los aplausos mentidos, a la corona de espinas de los triunfos no vividos. Renuncio a seguir la huella que otros marcaron antes, a vivir de las sobras de sus banquetes gigantes. Renuncio, en fin, a todo, menos a ser quien soy, a este pedazo de tierra que me tocó en suerte. Renuncio, pero me quedo con mi pueblo y su dolor, con esta luz que me alumbra y con este mismo amor.

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Ramón López Velarde

"La suave patria"

Patria, tu superficie es el maíz, tus minas el palacio del Rey de Oros, y tu cielo las garzas en desliz y el relámpago verde de los loros. El Niño Dios te escrituró un establo y los veneros de petróleo el diablo. Con todo eres la expresión del sueño como el ropaje de la virgen prieta de sol, que en la pitahaya se interna y el sueño que se deshace en el empeño. Yo que sólo canté de la exquisita partitura del íntimo decoro, alzo la voz a la mitad del foro a la manera del tenor que imita a la giraldilla, fija en la veleta del ingenio, con aire de gaceta. Suave Patria: te amo no cual mito, sino por tu verdad de pan bendito, como a niña que asoma por la reja con la blusa corrida hasta la oreja y la falda bajada hasta el huesito. Inacabable alacena de provincias, Patria, te doy de tu dicha la clave: se siempre igual, fiel a tu espejo diario; quincuagésima de tus hijas, labia purpúrea en el estanque del vocablo, y ve en cada espejismo un hermano. Y sepa, si me muero sin patente, que he vivido a la altura del pretérito. Suave Patria, tu vales por el río de las virtudes de tu mujerío. Tus hijas, como tribus nómadas, con la leche en la lumbre de la mirada, y los niños, de tan hombres, ya con bigotes, y el mar entre sus ojos, náufragos. Suave Patria, tu casa todavía es tan grande, que el tren va por la vía o silbando en el páramo, o en los patios jugando a los encantos, los muchachos. En tu capital, a veces, sosegada, la muchedumbre es áspera y dorada, y en tu provincia, de veinte en veinte, la raza es como el aire, contingente. Suave Patria, en tu torre de madera la campana relojera dice la hora santa, la oración, el ángelus, que echa a vuelo las palomas. Tu imagen, el Palacio Nacional, con tu águila, se ciñe en el pedestal de la historia, y es bella, porque es suya, y porque es la mirada de la tuya. Suave Patria, tu territorio sueña en amplios lagos, en sierras de leyenda, en llano generoso, en risco enhiesto, y en románticos pájaros en vuelo. Te amo, ciudad de los palacios caídos, águila altiva, limo de mis ríos. Suave Patria, tu vales por el río de las virtudes de tu mujerío.

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Rosario Castellanos

"Lamentación de Dido"

Yo, Dido, reina de Cartago, tejiendo mi destino con hilos de dolor, entrego mi ciudad a las llamas y mi corazón al olvido. Él se fue. Él, el extranjero, el de los pies ligeros y el alma fría. Él, que prometió y no cumplió. Él, que amó y se fue. Y yo aquí, con mi corona de cenizas, con mi trono de humo, con mi cetro de nada. Yo, la abandonada, la traicionada, la que supo amar hasta el fuego. Que el mar guarde su nombre en lo más profundo de su olvido. Que la tierra no dé fruto donde pise su sombra. Y que los dioses, si es que existen, le nieguen el descanso eterno como él me negó a mí la vida cuando partió sin volver la mirada.

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