Raúl Gómez Jattin
"Locos"
Los locos somos los únicos que sabemos lo que decimos los demás hablan por hablar nosotros decimos lo que sentimos sin importarnos si nos comprenden si nos escuchan si nos creen
Un catálogo de piezas inmortales
Los locos somos los únicos que sabemos lo que decimos los demás hablan por hablar nosotros decimos lo que sentimos sin importarnos si nos comprenden si nos escuchan si nos creen
La locura es una mujer desnuda que baila en mi cerebro con cuchillos en las manos. Sus ojos son dos lunas de hielo y sus cabellos son serpientes que silban canciones de olvido. La locura es un jardín de flores venenosas que crecen en la tierra negra de mi cráneo. Cada pétalo es un recuerdo que duele, cada espina es un verso que nunca escribí. La locura es un espejo que me devuelve mil rostros, ninguno de ellos mío, todos extraños y ciertos. En ellos veo pasar como un río de sombras todo lo que pude ser y todo lo que he sido. La locura es un idioma que sólo yo comprendo, una gramática hecha de grietas y de ausencias. Hablar en su dialecto es perderse para siempre, es romper el contrato con la realidad. Y sin embargo, locura, eres mi única patria, el único país donde soy ciudadano. En tus calles de niebla camino sin rumbo, en tus plazas vacías espero lo que no llega. Locura, amada y temida, madre y verdugo, prisión y libertad, enfermedad y destino. Contigo he firmado un pacto sin retorno: ser el poeta que escribe con la tinta de la noche.
Eran dos los amantes en el jardín de piedra. Se amaban sin quererse, se querían sin amarse. Eran dos los amantes bajo la luna llena. Se besaban sin besos, se olvidaban sin olvido. Eran dos los amantes en la noche eterna. Se perdían sin perderse, se encontraban sin encuentro.
Cuando tú piensas en mí, yo respiro. Cuando yo hablo de ti, tú sonríes en sueños. Cuando tú te despides, yo me asomo a la ventana. Cuando yo busco tu nombre, tú lo susurras al oído de alguien. Nuestros relojes no coinciden, pero marcan la misma hora. Nuestros mapas no se tocan, pero señalan el mismo sitio. Duermes en mi almohada cuando yo no la uso. Bebo de tu vaso cuando tú no lo ves. Somos dos imanes con los polos equivocados: nos atraemos del revés, nos repelemos al derecho. Cuando por fin nos encontramos, es de noche en dos países distintos. Y nos decimos hola con la certeza de estar contestando adiós.
Los amorosos callan. El amor es el silencio más fino, el más tembloroso, el más insoportable. Los amorosos buscan, los amorosos son los que abandonan, son los que cambian, los que olvidan. Su corazón les dice que nunca, siempre, jamás. Pero los amorosos callan, sólo saben callar. ¡Ay!, si yo pudiera decir todo lo que callo, si pudiera gritar todo lo que silencio, si pudiera expresar todo lo que escondo. Pero los amorosos callan, sólo saben callar. Y se van. Y se quedan. Y lloran. Y no lloran. Y se mueren. Y no se mueren. Los amorosos callan. El amor es el silencio más fino, el más tembloroso, el más insoportable.
Buscan, buscan los ángeles muertos entre la niebla. No los encuentran. Los ángeles muertos buscan, buscan. No los encuentran. ¿Dónde están los ángeles muertos? ¿Quién los ha visto? Nadie los encuentra. Los ángeles muertos están, están. Pero no los encuentran. Los ángeles muertos lloran, lloran. Pero no los encuentran. Los ángeles muertos ríen, ríen. Pero no los encuentran. Los ángeles muertos cantan, cantan. Pero no los encuentran. Los ángeles muertos callan, callan. Pero no los encuentran.
Están ahí, quietos y sabios, con sus raíces en la tierra oscura y sus ramas buscando el cielo, puentes entre dos mundos. Guardan secretos en sus anillos, historias de soles y de lluvias, testigos silenciosos del tiempo que pasa y no los muda. En sus sombras se acunan los pájaros, en sus hojas juega la luz, en su madera duerme el fuego que calentará las noches. Los árboles me enseñan la paciencia, la firmeza ante el viento, el arte de crecer hacia lo alto sin olvidar de dónde venimos. Son poemas verdes escritos con paciencia centenaria, versos de clorofila y savia que cantan sin hacer ruido.
Cuéntame los días que nos quedan como si fueran monedas de oro. Dime que no importa el tiempo si estamos juntos en este barco a la deriva. Hagamos planes que nunca cumpliremos inventemos países que no existen. Porque lo único real es este instante en el que tus ojos miran a los míos y el mundo se detiene por un segundo.
Vinieron de lejos, traían noticias de reinos perdidos y mares sin calma. Sus ropas olían a tormenta y a siglos, sus manos mostraban cicatrices de naufragios. Hablamos hasta que la luna se hundió en el océano de la madrugada. Luego partieron, dejando un silencio más denso que todas sus palabras. Ahora espero, junto a este faro, que nunca lleguen sus mensajes.
Caminan por mis páginas los que ya no están, sus voces susurran verdades que el tiempo calló. No son sombras del olvido, son luces en la niebla, testigos de un pasado que quiere renacer. Cada nombre es un eco, cada fecha un latido, la historia no está muerta, solo duerme en el olvido. Yo soy su escriba, su memoria y su voz, doy forma a sus sombras con palabras de amor. Porque en cada fantasma hay un corazón que late, y en cada historia antigua un futuro que aguarda.
Gemido de la tierra partida en dos pedazos, gemido del minero que cava su agonía, gemido de la madre que pare un hijo muerto, gemido del obrero que suda sangre y sueño. Gemido de los ríos que arrastran tempestades, gemido de los bosques quemados por el rayo, gemido de los mares que muerden los acantilados, gemido de los vientos que azotan los desiertos. Gemido de la fábrica que mastica hombres, gemido de la ciudad que devora almas, gemido de la guerra que siembra cadáveres, gemido de la paz que es un gemido eterno. ¡Y mi gemido, hermanos, mi gemido de poeta que clava en vuestra carne sus uñas de protesta y escribe con su sangre este canto maldito para que no olvidéis que estamos todos muertos si no gemimos juntos contra este mundo roto!
Hay golpes en la vida, tan fuertes... ¡Yo no sé! Golpes como del odio de Dios; como si ante ellos, la resaca de todo lo sufrido se empozara en el alma... ¡Yo no sé! Son pocos; pero son... Abren zanjas oscuras en el rostro más fiero y en el lomo más fuerte. Serán tal vez los potros de bárbaros atilas; o los heraldos negros que nos manda la Muerte. Son las caídas hondas de los Cristos del alma, de alguna fe adorable que el Destino blasfema. Esos golpes sangrientos son las crepitaciones de algún pan que en la puerta del horno se nos quema. Y el hombre... Pobre... pobre! Vuelve los ojos, como cuando por sobre el hombro nos llama una palmada; vuelve los ojos locos, y todo lo vivido se empoza, como charco de culpa, en la mirada. Hay golpes en la vida, tan fuertes... ¡Yo no sé!