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Ramón López Velarde

Provincia mexicana amor y erotismo religiosidad muerte identidad nacional nostalgia

Biografía

Ramón López Velarde fue un poeta y escritor mexicano considerado el precursor de la poesía moderna en México. Nacido en Jerez, Zacatecas, su obra marca la transición entre el Modernismo y las vanguardias literarias. Estudió derecho en San Luis Potosí y ejerció como juez y periodista. Su poesía combina la tradición provincial con innovaciones formales, explorando temas como el amor, la muerte y la identidad mexicana. Murió joven, a los 33 años, dejando una obra breve pero fundamental para la literatura hispanoamericana.

Poemas de Ramón

"La suave patria"

Patria, tu superficie es el maíz, tus minas el palacio del Rey de Oros, y tu cielo las garzas en desliz y el relámpago verde de los loros. El Niño Dios te escrituró un establo y los veneros de petróleo el diablo. Con todo eres la expresión del sueño como el ropaje de la virgen prieta de sol, que en la pitahaya se interna y el sueño que se deshace en el empeño. Yo que sólo canté de la exquisita partitura del íntimo decoro, alzo la voz a la mitad del foro a la manera del tenor que imita a la giraldilla, fija en la veleta del ingenio, con aire de gaceta. Suave Patria: te amo no cual mito, sino por tu verdad de pan bendito, como a niña que asoma por la reja con la blusa corrida hasta la oreja y la falda bajada hasta el huesito. Inacabable alacena de provincias, Patria, te doy de tu dicha la clave: se siempre igual, fiel a tu espejo diario; quincuagésima de tus hijas, labia purpúrea en el estanque del vocablo, y ve en cada espejismo un hermano. Y sepa, si me muero sin patente, que he vivido a la altura del pretérito. Suave Patria, tu vales por el río de las virtudes de tu mujerío. Tus hijas, como tribus nómadas, con la leche en la lumbre de la mirada, y los niños, de tan hombres, ya con bigotes, y el mar entre sus ojos, náufragos. Suave Patria, tu casa todavía es tan grande, que el tren va por la vía o silbando en el páramo, o en los patios jugando a los encantos, los muchachos. En tu capital, a veces, sosegada, la muchedumbre es áspera y dorada, y en tu provincia, de veinte en veinte, la raza es como el aire, contingente. Suave Patria, en tu torre de madera la campana relojera dice la hora santa, la oración, el ángelus, que echa a vuelo las palomas. Tu imagen, el Palacio Nacional, con tu águila, se ciñe en el pedestal de la historia, y es bella, porque es suya, y porque es la mirada de la tuya. Suave Patria, tu territorio sueña en amplios lagos, en sierras de leyenda, en llano generoso, en risco enhiesto, y en románticos pájaros en vuelo. Te amo, ciudad de los palacios caídos, águila altiva, limo de mis ríos. Suave Patria, tu vales por el río de las virtudes de tu mujerío.

"Fuensanta"

Fuensanta, la de mis horas todas, la que me dio su amor, la que me quita la vida con sus iras y sus bodas, la que me desangró como una herida. Fuensanta, la que tiene en sus cabellos el oro de la tarde que se aleja, y en sus ojos el verde de los huertos y en su boca la miel de las abejas. Fuensanta, la que tiene en sus caderas el balanceo de las palmeras, y en su vientre el calor de los graneros, y en sus senos la espuma de los ríos. Fuensanta, la que tiene en sus palabras el sabor de la sal de los estíos, y en su risa el sonido de las chicharras, y en su llanto el rumor de los rocíos. Fuensanta, la que tiene en sus desdenes el filo de la hoja de los cuchillos, y en sus besos el fuego de los hornos, y en sus brazos el sueño de los grillos. Fuensanta, la que tiene en su presencia la gravedad de las constelaciones, y en su ausencia la angustia de los pozos, y en su recuerdo el polvo de los trenes. Fuensanta, la que tiene en su destino la rueda de la noria que no cesa, y en su amor la semilla de los trigos, y en su olvido la piedra de la iglesia. Fuensanta, la de mis horas todas, la que me dio su amor, la que me quita la vida con sus iras y sus bodas, la que me desangró como una herida.

"El retorno maléfico"

Volverán... Volverán las golondrinas a colgar sus nidos en tu balcón, y otra vez con el ala en los cristales, jugando llamarán. Pero aquellas que el vuelo refrenaban tu hermosura y mi dicha a contemplar, aquellas que aprendieron nuestros nombres... ¡ésas... no volverán! Volverán las tupidas madreselvas de tu jardín las tapias a escalar, y otra vez a la tarde, aun más hermosas, sus flores se abrirán. Pero aquellas cuajadas de rocío, cuyas gotas mirábamos temblar y caer, como lágrimas del día... ¡ésas... no volverán! Volverán del amor en tus oídos las palabras ardientes a sonar; tu corazón de su profundo sueño tal vez despertará. Pero mudo y absorto y de rodillas, como se adora a Dios ante su altar, como yo te he querido..., desengáñate, ¡así... no te querrán!

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