Yolanda Bedregal
Biografía
Poemas de Yolanda
"Oración del alfarero"
Señor, yo no sé hacer milagros sólo sé amasar el barro con mis manos. Tomo la tierra humilde de mi valle la mezclo con agua de lluvia antigua y la vuelvo entre mis dedos creadores. No pido que esta arcana se convierta en oro ni que brille con luz de pedrería. Sólo quiero que guarde en su curvatura el calor de mis palmas campesinas el sudor de mi frente trabajadora. Que cuando la meta al fuego purificador no se quiebre con ruido de derrota. Que resista la prueba del horno ardiente y salga fortalecida, tersa, rota tan sólo por donde debe estar rota. Que pueda contener agua fresca para el sediento que llegue a mi puerta. O aceite para la lámpara humilde que alumbra la noche de mi huerta. Señor, yo no sé hacer maravillas sólo sé dar forma a tu tierra bendita. Haz que cada cántaro que modelo lleve dentro la gota infinita del río secreto de tu poesía.
"Canto a la mujer minera"
Mujer de carbón y de silencio, mujer de socavón y de espera, tu vientre guarda el germen del estaño y tus ojos la noche de la mina. Tus manos son dos palomas negras que acarician la roca y el hambre, tus pies conocen el camino al abismo y tu boca guarda un grito de piedra. Mujer que tejes la vida con hilos de polvo, mujer que amasas el pan con lágrimas de sal, tu nombre es eco en la boca del viento tu sombra es cruz en la puerta del mineral. Cuando bajas al fondo del mundo llevas en el delantal estrellas de azogue, y subes con la muerte a cuestas convertida en estatua de yeso y de sueño. Mujer minera, raíz de Bolivia, tu dolor es semilla en la entraña de América, tu silencio es un río de plata oscura que fluye hacia el mar de la historia.
"Elegía del retorno"
He vuelto a la casa vacía donde el polvo teje su manto de olvido. En cada rincón busco tu risa perdida, en cada objeto tu gesto dormido. Las paredes guardan ecos de pasos que ya no resonarán en la escalera. El reloj marca horas sin dueño en la sala desierta y severa. Tu silla me mira con ojos de ausencia, tu libro entreabierto en la mesa guarda la página donde interrumpiste la lectura de tu última premisa. He recorrido el jardín mustio buscando entre rosas secas tu aliento. Sólo encuentro el viento que canta la misma canción de tu alejamiento. Y comprendo al fin que no has muerto: te has vuelto silencio, te has hecho memoria. Eres este dolor que me habita y esta luz que filtra por la persiana como un último verso de tu historia.