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Salomé Ureña

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Biografía

Salomé Ureña de Henríquez fue una destacada poeta y educadora dominicana, considerada la figura literaria femenina más importante del siglo XIX en República Dominicana. Hija del también escritor Nicolás Ureña de Mendoza, desde joven mostró talento para la poesía, publicando sus primeros versos a los 17 años bajo el seudónimo 'Herminia'. Su obra se caracteriza por un profundo patriotismo y una defensa de la educación femenina, reflejando las luchas políticas de su época, especialmente durante la Guerra de la Restauración. En 1881 fundó el Instituto de Señoritas, primera institución de educación superior para mujeres en el país, marcando un hito en la emancipación femenina dominicana. Casada con el médico y político Francisco Henríquez y Carvajal, fue madre de cuatro hijos, entre ellos el futuro presidente Francisco Henríquez y Carvajal y el escritor Pedro Henríquez Ureña. Su poesía combina el lirismo romántico con un compromiso social y educativo que la convirtió en símbolo nacional.

Poemas de Salomé

"A mi madre"

Madre, si un día la suerte me lleva de tu lado querido a apartarme, si la vida con su ruda prueba viene un tiempo a tu amor separarme; si la ausencia, la muerte o el olvido nuestros lazos llegaran a romper, si en el mundo, de ti desprendido, tuviera sin tu amor que vivir; si en los días de angustia y amargura, cuando el pecho de penas se llena, no escuchara tu voz dulce y pura que consuela, alivia y serena; si en las horas de gozo y ventura, cuando el alma de placer se inflama, no tuviera tu imagen tan pura que bendice, enaltece y aclama; ¡ay!, entonces, madre de mi alma, mi existencia sería un tormento, sería el cielo sin luz y sin calma, sería el mundo sin sol y sin viento. Porque tú eres mi bien, mi esperanza, mi consuelo en el dolor profundo, la virtud que mi pecho alcanza, la pureza que adoro en el mundo. Madre, mientras yo viva en la tierra, mientras aliente mi pecho un suspiro, mientras el alma en mi cuerpo se encierra, será tuyo mi amor, mi delirio.

"La fe en el porvenir"

¡Salve, oh patria! que al fin tu frente altiva levantas del abismo en que yacías, y al soplo de la vida renaces, cual la fénix, a la vida. Ya pasó la tormenta que encrespaba tus mares, y en tu seno la paz sus alas tiende, y el sereno cielo de la esperanza te alumbra. ¡Salve, oh patria! que al fin tu frente altiva levantas del abismo en que yacías, y al soplo de la vida renaces, cual la fénix, a la vida. Ya el sol de la justicia resplandece en tu cielo, y sus rayos iluminan tus campos y tus playos, donde el crimen y el llanto se oscurece. ¡Salve, oh patria! que al fin tu frente altiva levantas del abismo en que yacías, y al soplo de la vida renaces, cual la fénix, a la vida.

"Ruinas"

Entre escombros y hierbas, donde anida el silencio, y el viento sus quejas lleva con triste acento, yergue sus muros una iglesia antigua, que el tiempo ha respetado. Sus arcos medio rotos, sus bóvedas hundidas, sus altares sin culto, sus naves desiertas, son como un monumento de siglos que pasaron. Allí donde el fervor de las plegarias subió en otro tiempo al cielo, donde el incienso aromó el ambiente y el órgano lanzó su majestuoso acento, sólo se oye el graznido de las aves y el susurro del viento. ¡Templo de Dios! tus piedras venerables son mudos testigos de la fe de los hombres, de su amor, de sus guerras, de sus vicios; y al contemplarte, el alma se entristece pensando en lo que ha sido y en lo que hoy somos.

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