Salomé Ureña
Biografía
Poemas de Salomé
"A mi madre"
Madre, si un día la suerte me lleva de tu lado querido a apartarme, si la vida con su ruda prueba viene un tiempo a tu amor separarme; si la ausencia, la muerte o el olvido nuestros lazos llegaran a romper, si en el mundo, de ti desprendido, tuviera sin tu amor que vivir; si en los días de angustia y amargura, cuando el pecho de penas se llena, no escuchara tu voz dulce y pura que consuela, alivia y serena; si en las horas de gozo y ventura, cuando el alma de placer se inflama, no tuviera tu imagen tan pura que bendice, enaltece y aclama; ¡ay!, entonces, madre de mi alma, mi existencia sería un tormento, sería el cielo sin luz y sin calma, sería el mundo sin sol y sin viento. Porque tú eres mi bien, mi esperanza, mi consuelo en el dolor profundo, la virtud que mi pecho alcanza, la pureza que adoro en el mundo. Madre, mientras yo viva en la tierra, mientras aliente mi pecho un suspiro, mientras el alma en mi cuerpo se encierra, será tuyo mi amor, mi delirio.
"La fe en el porvenir"
¡Salve, oh patria! que al fin tu frente altiva levantas del abismo en que yacías, y al soplo de la vida renaces, cual la fénix, a la vida. Ya pasó la tormenta que encrespaba tus mares, y en tu seno la paz sus alas tiende, y el sereno cielo de la esperanza te alumbra. ¡Salve, oh patria! que al fin tu frente altiva levantas del abismo en que yacías, y al soplo de la vida renaces, cual la fénix, a la vida. Ya el sol de la justicia resplandece en tu cielo, y sus rayos iluminan tus campos y tus playos, donde el crimen y el llanto se oscurece. ¡Salve, oh patria! que al fin tu frente altiva levantas del abismo en que yacías, y al soplo de la vida renaces, cual la fénix, a la vida.
"Ruinas"
Entre escombros y hierbas, donde anida el silencio, y el viento sus quejas lleva con triste acento, yergue sus muros una iglesia antigua, que el tiempo ha respetado. Sus arcos medio rotos, sus bóvedas hundidas, sus altares sin culto, sus naves desiertas, son como un monumento de siglos que pasaron. Allí donde el fervor de las plegarias subió en otro tiempo al cielo, donde el incienso aromó el ambiente y el órgano lanzó su majestuoso acento, sólo se oye el graznido de las aves y el susurro del viento. ¡Templo de Dios! tus piedras venerables son mudos testigos de la fe de los hombres, de su amor, de sus guerras, de sus vicios; y al contemplarte, el alma se entristece pensando en lo que ha sido y en lo que hoy somos.