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César Vallejo

Dolor humano injusticia social muerte solidaridad angustia existencial experimentación lingüística

Biografía

César Abraham Vallejo Mendoza fue uno de los poetas más innovadores e influyentes de la literatura hispanoamericana del siglo XX. Nacido en Santiago de Chuco, Perú, en una familia de origen indígena y español, estudió literatura en la Universidad de Trujillo y luego en la Universidad de San Marcos en Lima. Su obra, marcada por una profunda sensibilidad social y una constante experimentación formal, evolucionó desde el modernismo hacia una poesía vanguardista de gran fuerza expresiva. Exiliado en Europa desde 1923 por razones políticas, vivió principalmente en París, donde se vinculó con movimientos de izquierda y escribió sus obras más radicales. Murió en París, pero sus restos fueron trasladados a Perú en 1970. Vallejo es considerado un precursor de la poesía contemporánea por su ruptura con las convenciones lingüísticas y su compromiso con los oprimidos.

Poemas de César

"Piedra negra sobre una piedra blanca"

Me moriré en París con aguacero, un día del cual tengo ya el recuerdo. Me moriré en París —y no me corro— talvez un jueves, como es hoy, de otoño. Jueves será, porque hoy, jueves, que proso testos versos, los húmeros me he puesto a la mala y, jamás como hoy, me he vuelto, con todo mi camino, a verme solo. César Vallejo ha muerto, le pegaban todos sin que él les haga nada; le daban duro con un palo y duro tambien con una soga; son testigos los días jueves y los huesos húmeros, la soledad, la lluvia, los caminos...

"Masa"

Al fin de la batalla, y muerto el combatiente, vino hacia él un hombre y le dijo: «¡No mueras, te amo tanto!» Pero el cadáver ¡ay! siguió muriendo. Se le acercaron dos y repitiéronle: «¡No nos dejes! ¡Valor! ¡Vuelve a la vida!» Pero el cadáver ¡ay! siguió muriendo. Acudieron a él veinte, cien, mil, quinientos mil, clamando: «¡Tanto amor, y no poder nada contra la muerte!» Pero el cadáver ¡ay! siguió muriendo. Le rodearon millones de individuos, con un ruego común: «¡Quédate, hermano!» Pero el cadáver ¡ay! siguió muriendo. Entonces, todos los hombres de la tierra le rodearon; les vio el cadáver triste, emocionado; incorporóse lentamente, abrazó al primer hombre; echóse a andar...

"Los heraldos negros"

Hay golpes en la vida, tan fuertes... ¡Yo no sé! Golpes como del odio de Dios; como si ante ellos, la resaca de todo lo sufrido se empozara en el alma... ¡Yo no sé! Son pocos; pero son... Abren zanjas oscuras en el rostro más fiero y en el lomo más fuerte. Serán tal vez los potros de bárbaros atilas; o los heraldos negros que nos manda la Muerte. Son las caídas hondas de los Cristos del alma, de alguna fe adorable que el Destino blasfema. Esos golpes sangrientos son las crepitaciones de algún pan que en la puerta del horno se nos quema. Y el hombre... Pobre... pobre! Vuelve los ojos, como cuando por sobre el hombro nos llama una palmada; vuelve los ojos locos, y todo lo vivido se empoza, como charco de culpa, en la mirada. Hay golpes en la vida, tan fuertes... ¡Yo no sé!

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